El expresidente Evo Morales, en su furibunda obcecación contra la Ley del Censo que ha puesto al descubierto su pérdida de poder sobre el aparato institucional, ha evocado los viejos tiempos de la “democracia pactada”, una marca registrada que siempre excita las pasiones de los antipolítica, ya que es el disparadero para desatar las críticas, aborrecer el sistema y catalogar a todo y todos de corruptos oscuros.
El tema es un clásico desde el imperio romano y lo han puesto en práctica casi todos los aspirantes a totalitarios, sea Felipe II, Adolf Hitler, Alberto Fujimori o el propio Arturo Murillo, que también quería cerrar la Asamblea para que nadie le hiciera sombra a su Jeanine Añez. Bolivia tiene sus propios hits para cargar contra la sede de la soberanía popular, como la de los ríos de sangre y lo de “hacer presidente al tercero” en referencia a la presidencia de Jaime Paz en 1989, en cualquier caso, es habitual cuestionar el trabajo de concejales y asambleístas y pedir el cierre de las instituciones respectivas “porque no hacen nada”.
Si el Legislativo pierde su función y solo aplaude, los riesgos de perder la libertad se multiplican, y eso es algo que no puede volver a pasar.
Efectivamente son los parlamentarios quienes tienen la mayor parte de culpa de que los poderes legislativos tengan tan baja aceptación por parte de los ciudadanos. La corrupción, el transfugio, la ineficiencia, los altos sueldos y el poco trabajo aparecen de forma recurrente para seguir denostando la institución que adolece, sobre todo, de mucha pedagogía.
El modelo presidencial es por definición caudillista, el Presidente goza de enormes competencias y prácticamente, ningún método de control legislativo, donde no da explicaciones ni concede debate alguno con las fuerzas de oposición, sino que su eventual presencia se limita a la lectura de tediosos informes de gestión con mucha cifra y poca intencionalidad política más allá de la obvia.
Al ya de por si desmesurado poder se le suman las técnicas de la nueva política, que no son tan nuevas, y que pasan por fomentar una idolatría casi obscena presentando a un líder infalible, que todo lo da y todo lo puede. Esto, sin embargo, es admirado y comprado por una gran parte de la población que prefiere liderazgos fuertes a la “confusión” del parlamentarismo.
Si a las ya de por sí competencias abusivas de las que dispone el poder ejecutivo se suma una mayoría absoluta en el Legislativo, las posibilidades de someter a todos los poderes del Estado a la voluntad de un partido o peor, de un solo individuo, se multiplican. Si el Legislativo pierde su función y solo aplaude, los riesgos de perder la libertad se multiplican, y eso es algo que no puede volver a pasar.
Sin duda, los bolivianos debemos hacer un esfuerzo pedagógico y de aprendizaje, de volver a entender cual es el rol de cada quien. Es necesario hacer una tarea para apreciar el papel del legislativo, eternamente devaluado, en tanto es la voluntad popular la que se expresa en su hemiciclo.
Bienvenido sea el debate político, el encuentro y la capacidad de dialogar y pactar; bienvenido sea el tiempo de las grandes mayorías plurales y de la diversidad.



