Medio: El País
Fecha de la publicación: miércoles 09 de noviembre de 2022
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Democracia interna y divergencias
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Es evidente que las luchas de poder al interior de ese partido acaban afectando los intereses del Estado en su conjunto, algo que el presidente debería cortar de raíz.
- Redacción Central / El País
- 09/11/2022 01:52
Posiblemente los conflictos internos de un partido sean un asunto privado que debería preocupar básicamente a sus afiliados y, en la medida de la gravedad de los mismos, a los votantes, que obrarían en consecuencia en la siguiente convocatoria electoral. Más o menos eso es lo que pasó hace no tanto con la caída de la partidocracia y sus principales referentes. Sin embargo, el Movimiento Al Socialismo (MAS) está tan enraizado en las instituciones, tan dentro del Estado, que sus problemas se convierten rápidamente en los problemas de todos.
No es asunto menor que la protección al narcotráfico se convierta en arma arrojadiza entre sectores de un partido y los demás miren hacia otro lado. No es asunto menor que se subordine una reforma judicial que el país necesita a la docilidad o no de un ministro. No es asunto intrascendente que la policía, YPFB, ABC u otros suministren logística, como mínimo, a las movilizaciones de unos contra otros. No es poco que un sector del partido anime al gobierno a meter la pata para aprovechar las consecuencias. Todo tiene mucho que ver con la guerra que se libra en el propio partido.
En algún momento se pudo creer que el Movimiento Al Socialismo iba a vivir una experiencia diferente a la vivida por otros instrumentos similares en la región en los últimos años. Diferente al propio MNR. Se creyó que había aprendido de su propio fracaso cuando se empeñó en mantener la candidatura de Evo Morales por encima de la Constitución e incluso de un resultado de un referéndum. Pareció que, al retornar al poder tan rápido, sólo colocando un candidato constitucional y aprovechando el desconocimiento del país del que hace gala la derecha, se reafirmaría en la necesidad de llevar adelante su propia transición interna dando paso a nuevas caras primero y nuevas generaciones con un nuevo proyecto después, siendo ese el único camino que garantiza una supervivencia en el tiempo.
Sin embargo, no ha tardado siquiera dos años para que el proceso de renovación saltara por los aires en una detonación en la que el expresidente Evo Morales ha actuado como artificiero. Su comportamiento de los últimos días, interviniendo incluso en cómo se debería manejar el conflicto por el Censo, colgando el cartel de traidores y pidiendo cada domingo desde su programa de radio la cabeza de tal o cual ministro dista mucho de ser un comportamiento leal con Arce y con el propio partido que preside, y no tiene nada que ver con su intención inicial manifestada de retirarse a su chaco y colaborar poco más que en la formación de las nuevas generaciones.
Cuánto podrá aguantar esta situación el partido sin quebrarse es un asunto que da para entretener tertulias y ensayar análisis de mediano plazo, pero lo evidente es que las luchas de poder al interior de ese partido acaban afectando los intereses del Estado en su conjunto, algo que el presidente debería cortar de raíz antes de que le sea demasiado tarde.



