Medio: La Razón
Fecha de la publicación: domingo 23 de octubre de 2022
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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La democracia en Bolivia se llama María, se llama Juana, se llama Frida, Mariel, Marina, Giovanna… la democracia boliviana es una mujer fuerte y tierna, rabiosa y dulce, mamá y guerrera. Por eso, cuando en 2019 se violentó la democracia, el símbolo de la resistencia fue una mujer de pollera sosteniendo una wiphala frente a un militar y un policía.
Poco se dice acerca del rol de las mujeres en la historia de las luchas populares en Bolivia. Pero cuando se revisan las imágenes, son ellas siempre las que están al frente de las batallas decisivas. Bartolina y Gregoria, capitanas de la rebelión más importante de América. Juana, enfrentando a las tropas españolas a la cabeza de un batallón de indígenas. María Barzola, sin soltar la bandera mientras la acribillaban las balas. Domitila y las amas de casa derrocando a Banzer a punta de hambre y valentía. Silvia, resistiendo todas las violencias para legarnos una Constitución nueva.
Y junto a ellas, sosteniéndolas, millones de otras cuyos nombres no se registran. Pero sin ellas no tendríamos país ni democracia.
Una de esas mujeres anónimas perdió a su hijo en la masacre de Senkata. María, se llama. Es pequeña y parece frágil, mucho más anciana que los años que lleva. Pero sus ojos se encienden con una fiereza insospechada cuando afirma sin dudas, sin reparos, quiénes son los responsables de la violación a nuestra democracia. Carlos Mesa, Luis Fernando Camacho, Tuto Quiroga, Samuel Doria Medina, la Iglesia Católica —los nombra metódicamente, sin odio pero a la vez sin complacencias. Todos ellos deberían estar presos, dice. Eso se llama justicia.
Curiosamente, en su lista de culpables no aparecen Jeanine Áñez ni Arturo Murillo. Quizás los omite porque ya están en la cárcel. Quizás porque entiende que unos son responsables de la ruptura de la democracia y otros son responsables de la gestión de la dictadura. En todo caso, María no está sola en su afirmación y su demanda.
La democracia no puede existir sin la justicia. Cuando Jeanine Áñez tomó el poder aupada por tanques y pititas, hizo dos promesas ante una Asamblea vacía. La primera fue “pacificar” el país, un término que usó ignorante de las nefastas connotaciones que tiene desde los años 60. Y, tan nefastamente como en las dictaduras militares, “pacificó” a punta de miedo, cárcel y masacre. La segunda promesa de Jeanine fue llamar a elecciones en el plazo de 90 días. No la cumplió. Fue necesario un bloqueo nacional de caminos para arrancarle unas elecciones en las que ella misma se presentó como candidata.
El 18 de octubre de 2020 los bolivianos recuperamos la democracia, cuando manifestamos en las urnas nuestra rabia y nuestra esperanza, eligiendo una vez más con libertad a quien nos gobierna. Pero la democracia no estará completa mientras no haya justicia. La democracia no será tal mientras no haya castigo contra quienes conspiraron, mintieron, dividieron, generaron violencia y se hicieron del poder sobornando a quienes constitucionalmente no deliberan ni intervienen en política.
María lo tiene claro: el gobierno de facto es tan culpable como quienes conspiraron para instaurarlo. Y la democracia estará en riesgo mientras no haya justicia, reparación y la garantía de que las acciones que nos llevaron a su ruptura no se repitan.
Verónica Córdova es cineasta.



