
Partimos de la convicción de que la democracia es y debe seguir siendo la vía que defina la titularidad del poder (proscribiendo las autoinvestiduras), y que debe encarnarse en los bolivianos como un valor que requiere ser promovido, defendido y revitalizado en cada definición de los problemas públicos. Sin embargo, la democracia como es en la realidad no es como quisiéramos que sea, debido a que los actores políticos eluden su carácter esencial: la participación y la construcción de consensos en las decisiones del bien común, que, para ser tal, exige también la inclusión de minorías electorales y no solo de una parcialidad de la representación política de la sociedad boliviana.
¿Cuál es el sentimiento que genera, hoy, en sus 40 años la democracia boliviana? Antes, y en trazos largos, recordemos que históricamente la única forma de democracia reconocida y practicada fue la democracia liberal o representativa. Esa forma puso en el gobierno a una opción política de izquierda (1982-1985), luego a opciones de derecha y centro derecha (1985-2005, “democracia pactada”), y desde 2006 a la fecha una opción de izquierda con el MAS, con el sistema de partido predominante (un partido, el MAS, controla el proceso político decisional), prescindiendo de pactos o acuerdos. El saldo positivo es que la democracia fue y es el camino al poder, para opciones de derechas o de izquierdas.
La brecha entre sociedad y gobierno
Desde el 2009, las formas de la democracia se han complejizado. A la representativa, se sumó la directa y participativa y la democracia comunitaria. Se produjo su ampliación formal, en la Constitución y en la ley, pero sin la ampliación material, es decir, sin diseños institucionales para que el ciudadano participe, sea escuchado, y considerada su opinión. Hoy, el elector renueva cada cinco años la práctica del voto, pero renueva también la sensación de que vota, pero no decide, y, sobre todo, siente que el representante político (legislador o ejecutivo, diputado o gobernador o el mismo presidente) está lejos de él y que su punto de vista es prescindible. En el fondo, el ciudadano confirma que no tiene posibilidad de influir ni de acceder a información oficial de las instituciones estatales. Así las cosas, y pese a la apariencia de hiperparticipación en asuntos públicos, vía redes sociales, comprueba que sus opiniones no tienen valor y que no repercuten en el campo político de los decisores, confirmando y ensanchando la brecha entre la sociedad civil y el Estado.
El ciudadano observa también que la construcción de acuerdos en el órgano legislativo, como escenario natural de la democracia, ha desaparecido. Y que dicho órgano, automutilado en su creatividad, no es nada más que el brazo operativo del órgano ejecutivo. Percibe que las minorías son anuladas por el voto y no por la fuerza de los argumentos, con evidente reducción o eliminación de la deliberación, la concertación y la negociación política a la hora de aprobar leyes o políticas públicas, obligatorias para los bolivianos. En suma, el ciudadano y sus derechos políticos no cuentan o cuentan muy poco en la conducción del Estado.
El desdibujamiento de la valía del voto alcanzó su peor (mejor) ejemplo en el referendo constitucional (democracia directa) de 21 de febrero de 2016, cuando la decisión popular de rechazo a reformar la Constitución Política del Estado y a una nueva postulación de Evo Morales a la presidencia, no fue respetada, y, por el contrario, eludida groseramente por el Tribunal Constitucional, echando por el suelo la voluntad soberana de los bolivianos. A ello, se añade las elecciones de noviembre de 2019, calificadas de fraudulentas por la OEA, con el inobjetable resultado del debilitamiento de la credibilidad en la democracia. El ejercicio de la democracia liberal, implica el control del poder y de los gobernantes. La certeza de que el poder se ejercerá siempre limitado a reglas socialmente aceptadas, evitando su discrecionalidad; pero, el ciudadano termina en la triste condición de testigo impotente viendo que su voto no es respetado por las instituciones creadas, precisamente, para defender sus preferencias electorales.
Otras formas de democracia directa y participativa como el cabildo y la consulta previa, no producen decisiones vinculantes para los gobernantes, no obstante emerger, las decisiones, de concentraciones mayoritarias (es el caso de los cabildos, por ejemplo), o de la unanimidad en el rechazo de los pueblos indígenas a intervenciones del Estado en sus territorios. Las precitadas formas quedan en la simple deliberación, sin posibilidad de ser coactivamente obligadas a respetarlas. El ciudadano, al creer que decide, pero al constatar que su voz no será escuchada, debilita su fe, su compromiso y la utilidad de su participación.
Desde la narrativa política del MAS, se defiende y posiciona como la mejor forma de democracia: la comunitaria, en la cual no se ha producido la separación entre titularidad y ejercicio del poder, y que no conoce una forma estatal de conducción política. En esta democracia, en la cual la colectividad anula al individuo, y que es propia de naciones y pueblos indígenas originario campesinos, sus prácticas internas carecen de gravitación en las decisiones nacionales, porque sus habitantes igualmente recurrirán a la democracia representativa para elegir autoridades nacionales.
En definitiva, el Estado Plurinacional, pese a tener como base el pluralismo político y la pluralidad de formas democráticas, no ha resuelto, desde su diseño institucional, la construcción de formas políticas de inclusión, participación ciudadana y de garantía de cumplimiento de las decisiones asumidas por el pueblo, vía alguna de las formas democráticas. La adopción del principio mayoritario en la elección de diputados uninominales, por ejemplo, elimina a las minorías políticas de la representación nacional, y, por tanto, el Estado Plurinacional, convertido en catoblepas (1), ataca sus fundamentos: el pluralismo en la representación política y la participación de las minorías en las decisiones nacionales. No obstante, los déficits de la democracia, reafirmamos su valía, porque –como dijo el politólogo italiano Norberto Bobbio– la democracia es ante todo un ideal, y como tal, deberá ser siempre el horizonte a alcanzar y la forma política a defender. [P]
(1) Catoblepas es esa imposible criatura que se devora a sí misma. Palabra utilizada por Mario Vargas Llosa en su libro Cartas a un novelista.



