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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 09 de octubre de 2022
Categoría: Representación Política
Subcategoría: Democracia paritaria
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A inicios de 1920 irrumpieron poniendo en debate la condición de “menor de edad” de la mujer. Consideraban que el derecho al sufragio era el pase para alcanzar sus derechos civiles y jurídicos. Eligieron la lucha pacifista y el convencimiento a los varones.
- Directorio de Ateneo Femenino: Raquel Carmona, Rosa Infante, María Luisa Sánchez Bustamante (centro), Carmen Rosa Torres Ballivián y Emma Pérez de Carvajal. Libro: Bolivia en el primer centenario de su independencia

- Una mujer emite su voto en las elecciones de 1985. Archivo

- María Luisa (Malú) Sánchez Bustamante, sufragista boliviana. Libro: Bolivia en el primer centenario de su independencia

- Una mesa electoral con protagonistas mujeres. APG

En 1920 la situación jurídica y civil de la mujer boliviana era similar a la que estuvo en la Colonia. Es considerada una “menor de edad”, que mientras es soltera, está bajo la protección del padre; casada, pasa a depender del esposo, quien recibe y administra cualquier cargo o bien que ella pueda heredar.
Anulada jurídicamente, precisa ser autorizada para realizar cualquier trámite legal. Siendo esposa no puede administrar sus bienes ni ser tutora de sus hijos, en caso viudez.
En ese contexto surge un grupo de mujeres intelectuales, entre ellas escritoras y maestras, que irrumpen en la sociedad, sobre todo paceña, debatiendo el tema de sus derechos jurídicos y legales. Lo hacen a través de Ateneo Femenino, el primer movimiento feminista de Bolivia que nace en 1923 con objetivos culturales, pero que se convierte en una de las armas con las que ellas, María Luisa (Malú) Sánchez Bustamante de Urioste, Ana Rosa Tornero, Eduviguez viuda de Hertzog y otras cientos de sufragistas, lucharán para heredar a las mujeres bolivianas el derecho al voto.

Para su lucha eligieron como armas las letras y el debate con Ateneo Femenino, que se replicó en varias ciudades de Bolivia.
Para alcanzar el voto femenino estaban en desacuerdo con la lucha violenta en las calles y por la que optaron sus pares de otras partes del mundo, como Inglaterra, por ejemplo; eligieron convencer a los hombres que estaban a su alrededor, padres, hermanos y esposos, en su gran mayoría influyentes y con poder político.
También apostaron a las alianzas. Tuvieron éxito con las internacionales. Con las locales, dentro del país, no encontraron eco porque las mujeres que no eran de su clase, las obreras, apostaban a sus reivindicaciones sociales, no al voto.
Les reclamaron su condición de pertenecer a la oligarquía y de pretender mantener el status quo, pero las sufragistas bolivianas creían firmemente en que podían alcanzar la igualdad en cuanto a los derechos jurídicos y civiles de las mujeres a través del voto y de su participación en la política.
La Ley del Divorcio Definitivo de 1932 y la Guerra del Chaco (1932-1935) les abrieron espacio y les dieron protagonismo. Lograron sufragar en las elecciones municipales de 1942, cuando el Estado les otorgó el “voto de prueba” y la posibilidad de ser elegidas autoridades. Se consideró que como las alcaldías eran las instancias públicas más “parecidas al hogar”, ellas podrían mostrar lo que podían hacer en el país.
Entones sólo votaron y fueron elegidas las que sabían leer y escribir, porque el derecho al sufragio hasta entonces en Bolivia requería de esas condiciones. La Revolución Nacional de 1952 les dio el empujón final y en las elecciones de 1956 votaron todas bajo el único requisito de ser mayores de 21 años.
Esta es parte de las historia de las sufragistas bolivianas.
“Déjennos escribir a las mujeres”
En el libro El Ateneo Femenino 1920-1930, perspectivas filosóficas y epistémicas, de Mireya Sánchez Echevarría, perdura parte de una entrevista a María Luisa (Malú) Sánchez Bustamante (1896-1988), fundadora y directora del Ateneo Femenino, que nació como parte del Ateneo de la juventud, instituido dos años antes en la ciudad de La Paz.
“Convenimos en que yo fundaría el Ateneo Femenino, pero claro, ellos se quisieron meter a nuestro Ateneo, y como yo soy esencialmente feminista, les dije que no (...) No quería que se metan los hombres, no porque fuera enemiga de ellos; al contrario, yo he tenido grandes amigos y nunca los hombres me han hecho daño, pero, anteriormente, había tenido la experiencia de la discriminación hacia las mujeres”, decía Malú, hija del intelectual y diplomático Daniel Sánchez Bustamante y esposa del magnate industrial Armando Urioste.
“No podía aceptar esa intromisión. Creé un dicho un poco chistoso que decía: ‘Déjennos escribir a las mujeres disparates, no nos censuren’”, añadió.
Había llegado a La Paz proveniente de Chile, donde vivió un tiempo. En ese país, en 1984, se fundó la Sociedad Emancipadora de la Mujer, una de las primeras organizaciones de mujeres en la región. Malú quería formar en Bolivia una institución como Las señoras de Santiago, que tenía una carácter cultural y de beneficencia, sobre todo.
“Estaba convencida de que la mujer debía ser dependiente sólo de ella misma, de su trabajo, de poseer una educación superior para tener un criterio cultivado”, se lee en el libro de Sánchez.
Y Malú se encontró con Ana Rosa Tornero, Adela Reyes Ortiz, Eduviguez viuda de Hertzog, Carmen Sánchez Bustamante, Rosa de la Muñecas, Alicia Estrada, Enriqueta Castillo Nava, Margarita Gutiérrez Granier, Irene Gutiérrez viuda de Murgía, Rosa Infante, Emma Pérez de Carvajal, Raquel Carmona y otras mujeres. Todas tenían el mismo pensamiento.
María Elvira Álvarez Giménez, en su libro Movimiento feminista y derecho al voto en Bolivia (1920 – 1952) sostiene que Ateneo Femenino se convirtió en la organización de referencia para la defensa de los derechos de las mujeres de los años 1920 a 1940. Fue el primer centro que organizó una campaña constante para que las mujeres adquirieran derechos civiles y políticos, añade.
La exdiputada y asambleísta constituyente Marcela Revollo señala que Malú y las mujeres que la acompañaban consideraban que el derecho al voto les permitiría alcanzar el ejercicio de los derechos civiles y jurídicos y su autonomía individual.
Intentaron sumar sus esfuerzos al de otras asociaciones de mujeres, pero no encontraron eco, sobre todo en las sindicalistas, que entonces tenían otras demandas, como el trabajo diario de ocho horas y leyes que las protegieran a ellas y sus hijos, entre otros; no así el voto.
Pero estos desencuentros no debilitaron a la sufragistas. Desde 1925 habían comenzado a asistir a encuentros internacionales de mujeres para fortalecer su causa. Ana Rosa Tornero, Eduviges de Hertzog , Fidelia Corral Zambrana, Elodia Baldivia de Lijerón y Marina Levi participaron en el II Congreso Panamericano de Mujeres en Lima, mientras que Ana Rosa también fue invitada al Congreso de la Liga Ibérica-Hispanoamericana de mujeres en México.
Entre sus propuesta llevaron “el derecho de la mujer al voto”. En el libro de Mireya Sánchez se remarca que la prensa boliviana no dio importancia a su participación. “Solo por los comentarios de la prensa peruana nos percatamos del impacto causado por la representación boliviana”, se lee en el texto.
Marcela Revollo indica que en el contexto nacional, la Ley del Divorcio Absoluto, aprobada en 1932, dio impulso a las sufragistas y reforzó su causa, igual que la Guerra del Chaco, cuando de debatir sus problemas de género pasaron “de facto a debatir problemas nacionales”.
“La historia no resalta lo que fue el encuentro de mujeres indígenas y no indígenas que tuvieron que hacerse cargo de sus hogares, de sus propiedades. No resalta sus encuentros en las estaciones del tren para despedir a sus esposos e hijos que iban a la guerra, no cuenta que las mujeres de clase alta y media que sabían leer y escribir colaboran a las que no los sabían. Fue un encuentro muy fuerte”, dice.
Durante la guerra las mujeres también se hicieron cargo del Estado, ocupando cargos que eran impensables para ellas.
Todo esto llevó a que en la Convención de 1938 para reformar la Constitución las mujeres llevaran su pedido al voto, que perdió en un debate que incidía sobre todo en la “degeneración de ésta” si ingresaba a la política, por entonces muy violenta.
Fue siete años después, entre 1944 y 1945, que lograron que el Estado aceptara su derecho al sufragio, pero sólo para las que sabían leer y escribir y en una elección municipal; sin embargo, con la posibilidad de también ser elegidas.

Doly Machicado recuerda esa elección. Tenía sólo 12 años pero su hermana Blanca había cumplido 21 y fue a votar. “Regresó emocionada pero también impresionada porque los hombres no la dejaban de mirarla”, cuenta a Página Siete.
En las elecciones de 1956, después de la Revolución Nacional (1952), por el voto universal, todas las mujeres bolivianas podían sufragar.
Las crónicas periodísticas de la época muestran la jornada del domingo 17 de junio con anécdotas que se dieron sobre todo con las mujeres indígenas.
Era su primera experiencia con el sufragio después de una lucha de más de 30 años que iniciaron Malú, Ana Rosa, Carmen, Eduviguez, Emma y otras cientos de sufragistas.

Las sufragistas bolivianas y su paso destacado
María Luisa Sánchez Bustamante dirigió durante años el Ateneo Femenino y fundó otras instancias relacionadas con la mujer. Por sus trabajos en la arqueología fue nombrada directora del Museo Nacional. También fue vocal de la Corte Electoral. Incursionó en la política, primero en el PIR, luego en el MNR. El color rosado de ese partido fue elegido por Malú, tía del expresidente Gonzalo Sánchez de Lozada.
Ana Rosa Tornero . Educadora, periodista, escritora y feminista. Fue una de las precursoras de la Revolución Pedagógica y directora de varios colegios. Entre otros, fue la primera mujer que llegó a la redacción de El Diario.
Emma Pérez del Castillo prosadora y poetiza. Fue la primera mujer miembro de la Sociedad Geográfica de La Paz. Estudió en la Sorbona de París sociología y literatura. Como pedagoga, fundó en la provincia Manco Kapac varias escuelas campesinas.
María Josefa Saavedra, escritora, abogada y periodista. Fue la primera mujer abogada de La Paz y catedrática.
Amalia Villa de la Tapia, escritora orureña e intelectual destacada. Fue la primer








