Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: jueves 13 de octubre de 2022
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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A diferencia del héroe épico que “nace”, tiene grandes virtudes (la humildad, entre ellas) y es dirigido por fuerzas poderosas para realizar grandes hazañas que se reflejan luego en inmortales leyendas, los héroes y las heroínas de diario surgen cualquier día para efectuar o contribuir cambios significativos. Estos cambios, aunque no sean reconocidos, dan muestra de su valor y compromiso con su comunidad. Y así como nacen en un momento cualquiera y menos esperado, se reintegran a su rutina diaria también de forma casi inmediata. A estos héroes los crea el momento.
Los héroes épicos tienen características inalterables y fomulaicas, como las tienen las telenovelas. Los héroes o las heroínas son concebidos o patrocinados por una entidad divina, su nacimiento es preanunciado y precedido por eventos supernaturales, vencen muchas dificultades desde su niñez, experimentan desplazamiento de su hogar para vencer grandes obstáculos y lograr grandes hazañas en tierras extrañas, y luego regresan con gloria, con sabiduría y fama para ser grandes líderes y gobernantes. De estos héroes sabemos por las leyendas de origen de imperios, civilizaciones y religiones. De éstos quedan monumentos, mitos y leyendas, y a veces intentos de museos. Los héroes épicos no existen en tiempos modernos.
Los héroes de diario, en cambio, aparecen en situaciones menos esperadas, sin auspicio alguno, sin preanuncio, vencen dificultades y realizan hazañas, y su fuerza y conocimiento se multiplican en un momento específico. Muchas veces su heroísmo ni siquiera deviene en una fama temporal, sino en un reconocimiento agradecido por muy pocos o por nadie. Estos héroes ayudan a promover cambios o a resistir atropellos de poder.
Los cuarenta años de democracia que celebramos el pasado 10 de octubre se deben, en gran parte, a la existencia de muchos héroes diarios, a quienes sin estar vinculados a un partido político, ni hacer carrera política, y menos buscar visibilidad, defendieron los derechos de la vida en democracia: el respeto a los derechos humanos, el valor de la libertad de expresión y de opinión, el respeto por el proceso electoral genuino y representativo, el acceso al ejercicio del poder, el respeto por la ley, la transparencia y la responsabilidad de la administración y de los administradores públicos, el respeto y el valor de la libertad de información y de medios libres, pluralistas e independientes.
En estos cuarenta años se ha atentado a la democracia desde el ejercicio mismo de la política que se dice democrática, desde el poder que en diferentes momentos ha coartado la libertad de expresión, el funcionamiento libre de medios de comunicación y, por ende, el derecho a la libre información y a procesos electorales genuinos. Si no fuera por estos héroes invisibles y de diario que enfrentaron y enfrentan como pueden estos atentados, la democracia degeneraría en autoritarismo, en dictaduras disfrazadas de democracia.
En este mes de celebración democrática, vienen a mi memoria las incontables historias contadas, vistas y vividas desde la última década de la dictadura y desde los primeros años de democracia hasta hoy. En estas memorias reaparece la imagen de doña Sonia y doña Teresa abriendo las puertas del conventillo céntrico y antiguo para que estudiantes universitarios pudieran esconderse al verse perseguidos por militares durante sus protestas. Recuerdo el llanto de mi compañera de básico al saber de la muerte de sus tíos en tiempos del asesinato de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Recuerdo a doña Silvia, sacando su bandera tricolor e instando a todos a hacer lo mismo con la esperanza de mantenernos fuertes y unidos mientras gritos y sonidos parecidos a explosiones nos aterrorizaban. Todo esto sucedió en 1980. Recuerdo, más tarde, durante la transición a la democracia, a muchas mujeres tomando parte en marchas debido a la crisis generada por la inflación, a colaborar en ollas comunes y al cobijo que se daba a los estudiantes universitarios de ese tiempo. Recuerdo las interminables filas para comprar pan y carne, y siento hoy el mismo miedo que sentiría toda madre al no saber qué dar de comer a sus hijos. Todas ellas eran heroínas impulsadas por el momento. Hacían lo impensable por tener acceso a los derechos fundamentales que debe garantizar todo Estado democrático.
Veo también, en tiempos más recientes, bolivianos que, a través de su arte, de su trabajo, de sus escritos, y desde su cotidianidad, son árbitros de la democracia, y pienso que los héroes y heroínas de la democracia nunca mueren. Existieron y seguirán existiendo. Nos daremos cuenta y sabremos de su existencia en momentos críticos como los múltiples momentos que ha tenido nuestra historia boliviana.
aunque no
sean reconocidos, dan muestra de su valor y compromiso con su
comunidad



