Karl Marx criticó la democracia liberal burguesa calificándola como dictadura encubierta. Dicha crítica tuvo dos ejes: uno derivado de la oposición soberanía popular —dictadura burguesa—, y otro la que opone representación y control burocrático.
En relación a la primera, Marx señalaba que los Estados en los que impera la democracia representativa y que dicen realizar la voluntad popular constituyen la forma política que asume la dominación burguesa y son una dictadura que se reviste bajo las apariencias de la igualdad y de la libertad. En relación a la segunda, decía que los principios de sufragio universal y representación, que llevarían a identificar Estado y sociedad, en realidad encubrían una separación propia de todos los Estados de clase, en los que el poder del Estado era manejado por una minoría social.
En un evento realizado en 1980 en la Universidad del Pacífico, en Lima, organizado por Desco (Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo) y con la participación de connotados cientistas políticos latinoamericanos de la época, se analizó la relación entre democracia y capitalismo, entre democracia y socialismo y la noción misma de democracia, pero se propuso hacerlo no sólo como problema teórico, sino como reflexión teórica sobre la práctica, que mostraba la manera en que la democracia liberal burguesa era cuestionada por sus supuestos abanderados, que habían impuesto dictaduras militares que conculcaban y vulneraban los derechos humanos.
De ahí por qué la reconquista de la democracia, que empezó por Bolivia en octubre de 1982 y se extendió a otros países que sufrían las atrocidades de la “doctrina de la seguridad nacional”, constituyó un movimiento importantísimo, inscrito en un proceso de liberación que —se esperaba— debía continuar desarrollándose.
La democracia liberal fue reconquistada por la resistencia de los pueblos sometidos a dictaduras militares y, en el caso boliviano, dio lugar a experiencias interesantes, como por ejemplo la asignación de diputados, la creación de circunscripciones uninominales, la creación de la Defensoría del Pueblo y el Tribunal Constitucional, medidas todas ellas tendentes a permitir mayor participación, mayor democracia, mayor respeto a los Derechos Humanos.
Pero he ahí que en Bolivia y otros países se ha impuesto lo que el presidente colombiano Gustavo Petro acaba de comentar: la eliminación física de los rivales de los gobiernos que dicen representar al pueblo, o su anulación por la vía de la utilización descarada y vergonzante del Órgano Judicial para perseguir y encarcelar opositores.
Todo vale con tal de que los “mesías” se eternicen en el poder. Hay que coparlo todo, dividiendo y cooptando organizaciones sociales y sindicales, comprando (así sea a la fuerza y chantajeando) medios de prensa, hay que copar toda instancia estatal como la Defensoría del Pueblo.
Surge así el proyecto de proyecto único, partido único, líder único. “Evo es el modelo de hombre”, nos ha dicho ayer un cuestionado ex ministro de los gobiernos de Morales; en otras ocasiones él mismo u otros adláteres han dicho que líderes como él nacen cada 500 años.
“Si no hay decisión de la Asamblea (para nombrar Defensor del Pueblo) será porque Carlos Mesa y Fernando Camacho no respetan la Constitución y la democracia. Elijan al mejor candidato, no es tan difícil decidir”, arengaba el Ministro de Justicia hace unos días.
Es la “democracia” según la entiende el MAS, frente a la cual revive la crítica que Marx dirigió a la democracia liberal burguesa. La “democracia” del MAS es en realidad una dictadura encubierta, es la “democracia” en la cual el poder del Estado es manejado por una minoría política, que dice representar al pueblo, a los pobres, a los oprimidos.
¡Qué ganas de volver a leer La nueva clase, de Milovan Djilas!



