Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: lunes 29 de agosto de 2022
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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Nos relatan las escrituras cristianas que Jesús, el hijo de Dios, fue condenado por Poncio Pilatos influenciado por el exceso malévolo de la multitud, cuyo veredicto dio a elegir a la multitud. ¿A quién perdonará Barrabás, un delincuente común o a Jesús? Pregunta que mereció una respuesta homogénea: condenar a Jesús.
Hoy, después de 1989 años, nos preguntamos ¿qué impulsa a la multitud a elegir? ¿Qué la mueve, incentiva y despierta los más recónditos instintos, pasiones, odios o amores para elegir o condenar? ¿Es solo un producto o resultado de la elocuencia del orador, como lo ejemplarizaba el expresidente del Ecuador José María Velasco, elegido por cinco veces y que solo pedía “un balcón” para ser nuevamente presidente? ¿Es el orador el que convence y seduce? ¿O son las características culturales de los oyentes, que se dejan hipnotizar por los magos del populismo? ¿Es posible que el mismo orador, apartado del contexto social o político en el que vive, pueda ser igualmente convincente y exitoso en otros escenarios similares? ¿El poder de convencimiento radica en el orador o en la clase y características del oidor o de los oidores?
¿La multitud es la suma de las mentalidades individuales? ¿O es que el individuo, al ser parte de la masa o multitud, sufre una metamorfosis y pierde sus cualidades y características individuales homogenizándose con la masa que arrolla todo lo diferente, individual, calificado y selecto?
El hombre pierde enseguida el barniz de civilización que tiene, si es que la tiene, cuando se sumerge en el anonimato de la masa y es conducido por los instintos y la fuerza en vez de la razón. Quien no sea o piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado por ser diferente. El hombre masa tiene la particularidad de que las emociones, odios, resentimientos y entusiasmos, que en ella inoculan, los manipuladores sociales y políticos, se contagie y se propaguen rápidamente, haciendo inocuo y absurdo cualquier intento de racionalización que se opongan a dichas pasiones. Las masas nunca tienen sed de verdad o de justicia, puesto que son propensas y porosas a los discursos demagógicos, a los cambios bruscos, a la violencia, a las ilusiones y revanchismos.
En nombre de Dios, del pueblo y de los desposeídos se cometieron iniquidades que avergüenzan a la civilización. Los peores vejámenes que registra la historia humana son precisamente producto de los dogmas, fanatismos, nacionalismos, chauvinismos que son las banderas que utilizan los líderes populistas, para enervar y azuzar los demonios que cada individuo trata de domar o aplacar. La primacía del instinto sobre el intelecto se evidencia en la muchedumbre y tienen el efecto de disminuir la inteligencia promedio de sus miembros. Sin la presión de las leyes y su obligatoriedad y un Estado de Derecho, los corderos se convierten en hienas, como decía Hobbes: “la muchedumbre despierta los Calígula que todos los humanos llevamos adentro”.
Los populistas convertidos en la voz de los excluidos tienen dos alternativas, la primera como Gandhi y Mandela, ser los catalizadores de las corrientes antagónicas de luchas fratricidas, los promotores de pactos sociales y apaciguadores de los odios y rencores raciales, o por el contrario, como Stalin, Mao o Castro, ser los líderes de las reivindicaciones sociales, azuzando revanchismos históricos, cometiendo a su vez nuevos atropellos y violaciones en aras de las injusticias pasadas, a fin de saciar la sed de venganza y de resentimiento de las clases surgentes, política que seguramente les asegurará su popularidad presente a costa de un futuro incierto y amenazador.
La pregunta es ¿cuál es el personaje dominante en cada uno de nosotros reconociendo que en todos se anidan noblezas y valentías y al mismo tiempo, resentimientos y rencores? ¿Cuál de los personajes nos caracteriza?
pierde enseguida el barniz de civiliza-
ción que tiene, si es que la tiene,
cuando se sumerge en el anonimato de la masa.



