Medio: La Razón
Fecha de la publicación: domingo 28 de agosto de 2022
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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Las elecciones subnacionales de 2021 terminaron de moldear las características del proceso de reconfiguración del campo político que se presentó en el país durante los últimos años. De manera amplia, lo que estuvo en juego en ellas fue i) la posible consolidación de los liderazgos que emergieron o se revitalizaron al influjo de la crisis política de octubre y noviembre de 2019 y ii) la delimitación del campo de tensión dentro del Movimiento Al Socialismo. Recuérdese que, en el marco de las elecciones, se evidenciaron disputas internas en el MAS.
Así, específicamente, con los resultados de las elecciones subnacionales el campo político se ha reconfigurado de forma parcial en el departamento de La Paz y en el municipio de El Alto. Si bien la genéricamente denominada “oposición” mantuvo el control en ambos gobiernos, las anteriores figuras políticas fueron reemplazadas/desplazadas por nuevos actores que emergieron de la coyuntura de crisis política de 2019 y 2020. Como se sabe bien, aunque con particularidades propias, el liderazgo político de las autoridades electas de esas instancias, Eva Copa y Santos Quispe — este último amparado solamente en la figura de su padre, el líder indianista Felipe Quispe “Mallku”— emergió desde el campo “nacional popular”, en respuesta al bloque de poder representado por el gobierno transitorio.
Recuérdese que esos nuevos actores en el pasado fueron parte o tuvieron cierta cercanía con el MAS y ganaron las elecciones de 2021 en disputas electorales que no respondieron al eje ideológico “masismo vs. antimasismo”, utilizando como vehículo político-electoral a la agrupación ciudadana Jallalla, una organización política sin estructura, ideología y militancia, con la que rompieron relaciones al poco tiempo de ser posesionados como autoridades electas.
Ese fenómeno, principalmente en el caso de Eva Copa, causó expectativa en los analistas políticos y en amplias capas de la sociedad, en tanto que se vislumbró posibilidades reales de que se configure una alternativa al MAS desde el campo nacional popular.
Algunas de las reflexiones, expresadas por analistas políticos en distintos medios, en torno a las características de la actora —“Eva es la antítesis de Jeanine Áñez, pero también de Evo” (Galindo, 2019)—, de su liderazgo y legitimidad —“dispone de capacidad para interpelar al oficialismo desde posturas distintas a la oposición tradicional, así como de legitimidad para disputar la orientación del proceso de cambio” (Mayorga, 2021)—, de su proyecto —“en El Alto hay esperanza y proyecto, eso se llama Eva Copa” (Flores, 2021); “estamos ante un momento constitutivo de una variante del proceso de cambio claramente popular, menos burocrática y sobre todo, menos machista” (De la Fuente, 2020)—, y de su futuro político —“aparece en el firmamento político boliviano como uno de los liderazgos más potentes y con mayor proyección para la próxima etapa del país” (Paz, 2021)—, son indicativas de ello.
Sin embargo, pasado más de un año del cierre del ciclo electoral, esas expectativas parecen haberse diluido al influjo de algunas derivas a las que se vieron expuestas las figuras políticas en el marco del ejercicio de sus funciones como autoridades. Actualmente, son más las voces críticas sobre las autoridades electas que las tendientes a resaltar sus características y las proyecciones de su liderazgo político.
En ese contexto, la pregunta que parece tener mayor relevancia es si Quispe y Copa fueron solamente líderes políticos que le disputaron la representación de lo nacional popular y el poder político al MAS en términos electorales, o si se constituyeron en una suerte de renovación y/o recambio político más profundo para el campo político boliviano y, por tanto, para el campo nacional popular y su horizonte político.
El devenir de los hechos, pasado más de un año del evento político electoral, presenta algunas orientaciones para comenzar a desarrollar una respuesta. En el momento actual, puede ensayarse al menos una hipótesis en torno a la temática —que deberá ser sujeta a evaluaciones conforme el escenario político otorgue mayores insumos de análisis—: Copa y Quispe le disputaron al MAS el poder y la representación de lo “nacional popular” principalmente en términos electorales. De hecho, hoy día no existen las condiciones mínimas para poder hablar acerca de una renovación política profunda; Copa y Quispe no han generado un horizonte o proyecto político propio, tampoco configurado nuevas formas de pensar la sociedad o el Estado, y menos aún logrado posicionar nuevas identidades políticas que trasciendan el “antievismo” y el “aymarismo”.
Si ese es el caso y su disputa fue predominantemente electoral, las causas de ello son múltiples y requieren mayor análisis. Sin embargo, algunas de ellas responden tanto a las particularidades del momento político que vivió el país como a las dinámicas sociopolíticas e incluso electorales propias de los escenarios locales, que delimitaron un marco propicio para la consolidación política de estos actores, donde destacó por ejemplo: i) para el caso de Copa, la capitalización político/electoral de su posición distante con respecto a la “oposición tradicional” y al MAS, en un momento en el que la sociedad daba signos de buscar superar la polarización que revestía a todo el escenario político nacional; ii) para el caso de Quispe, el impulso electoral que le supuso el renovado capital político de su fallecido padre, así como el efecto polarizador de la segunda vuelta que le permitió capturar los votos “antimasistas” del electorado del departamento de La Paz; y, iii) para ambos, la capitalización político/electoral de los sentimientos de pertenencia e identidad colectiva configurados en El Alto y en las zonas rurales del departamento de La Paz a consecuencia de la violencia represiva —masacre de Senkata— y simbólica — quema de la wiphala— que se produjo en el marco del despliegue del proyecto de poder del gobierno transitorio.
Así, la comprensión de Copa y Quispe como liderazgos con la capacidad de trascender su éxito electoral y con posibilidades de diseñar proyectos políticos que signifiquen renovación y disputa de sentidos al MAS también parece haber sido más un fenómeno —¿una esperanza?— sintomático del momento sociopolítico que vivía el país, que algo con posibilidades reales de materializarse en el corto plazo. Recuérdese que la coyuntura de crisis ocurrida en 2019 y 2020 y la dinamización del campo político acaecida en ella activaron la idea de que en el país concluía radicalmente un ciclo político e iniciaba otro. Como sucede con frecuencia, actores políticos, analistas y amplias capas de la sociedad civil en general, proyectaron el nuevo ciclo de acuerdo a sus anhelos, intereses e inquietudes.
(*)Rodrigo Pacheco C. es politólogo



