Medio: La Razón
Fecha de la publicación: domingo 21 de agosto de 2022
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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En un emblemático estudio que ya tiene sus buenos años (1997), Collier y Levitsky analizaron la proliferación de subtipos de democracia que acompañó el proceso de democratización. Esta suerte de “estiramiento conceptual” produjo más de 550 adjetivos de la democracia. Nada menos. No se trata de que existan centenas de (sub)tipos de democracia, sino de la creación desbordada de categorías analíticas cuyo efecto es una confusión creciente sobre la propia noción de democracia.
Cuarto siglo después, en una interesante entrevista publicada la semana pasada, nos encontramos con el fenómeno opuesto: la hipersimplificación conceptual. Según Walter Guevara Anaya, la democracia es o puede ser institucional o radicalizada. La primera, por supuesto, plena de virtudes; la segunda, faltaba más, plagada de peligros y vicios. En la experiencia boliviana, la democracia radicalizada llegó en 2005 para destruir la democracia institucional. Y así estamos.
El problema de la simplificación, como advierte Boaventura de Sousa Santos, es que se pierde demodiversidad. La democracia se reduce a su versión elitista-liberal- representativa impuesta como modelo único y hegemónico al cual llegar o parecerse. Todo lo demás no es democracia o, peor, es “democracia radicalizada”. En el caso que nos ocupa, fallan también los argumentos (alguno con cara de desvarío). Hablar desde la nostalgia y el miedo puede ser complicado.
Hubo un tiempo en que la democracia (pactada) en el país era buenaza. En palabras de Guevara: “La etapa más liberal, constructiva y más institucional de la democracia boliviana”. Todo cambió cuando irrumpió… ¡Evo Morales! Claro que no es el resultado de un proceso impulsado en la historia larga por el sujeto plurinacional popular, sino algo más simple: Evo fue el instrumento del proyecto geopolítico de Cuba y su estratega García Linera. Qué tal. Pobre democracia institucional.
La historieta se cuenta —y se rebate— sola. Lo preocupante son las invisibilidades y ausencias. Los abanderados de la democracia institucional no logran concebir (ni menos asumir) el horizonte demodiverso, en construcción, surgido del proceso constituyente. ¿Democracia comunitaria? Si la despreciamos durante 184 años, ¿por qué tendría que importarnos hoy? ¿Democracia intercultural? Es solo un engendro de la democracia radicalizada concebida como guerra.
A diferencia de alguna oposición, que quisiera volver a 1985 con el Pacto por la Democracia MNR-ADN, Guevara entiende que Bolivia ya no es lo que era. La democracia tampoco. Mal haríamos entonces en descalificarla con un nuevo adjetivo. El reto es radicalizar la democracia.
FadoCracia experta
1. Hay una estrecha relación entre medios “independientes” y analistas “expertos”. Se nutren. Y el encuentro funciona. 2. El modus operandi es tan conocido como simpático: un medio busca (im)poner algún relato en la agenda noticiosa/de opinión y acude a sus especialistas. Hasta ahí todo bien. 3. El problema es cuando los “expertos” son el dirigente de un grupo rabiosamente opositor, un concejal de Comunidad Ciudadana, una senadora de Creemos y un opinador de sello antioficialista. Con la independencia de los analistas —y de los operadores mediáticos— nunca se sabe. 4. Es legítimo que los medios recurran a voceros del oficialismo y/o de la oposición para respaldar sus enfoques. Lo que no está bien, más allá del tema, es que los presenten como “expertos independientes”. 5. Ni hablemos del equilibrio (o al menos la pluralidad) de fuentes. “Presentar las distintas facetas”, manda el Código de Ética Periodística. 6. La operación suele ser inversa: primero defino mi verdad (mediática), luego decido qué “expertos” pueden decirla. 7. Hay algo peor que los portavoces de cabecera. Son las “fuentes fidedignas” manejadas a control remoto.
José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.



