La perorata de que no existe división en el MAS y el partido en función de gobierno marcha sólido, en un solo sentido, y bajo un liderazgo único, terminó de hacerse añicos cuando el oficialismo se enfrentó al oficialismo en un acto interpelatorio, el que puso al ministro de gobierno en el banquillo de los acusados.
Y es que tan escuálida es la oposición en Bolivia que el gobierno debe enfrentarse a sí mismo para no adormecerse. Lo interesante es que el autoflagelo revela que hay más de un liderazgo en el partido que está a cargo de la conducción del Estado. ¿Cuántas cabezas hay en el MAS? Los politólogos, esos que opinan sobre política porque creen que deben hacerlo, dicen que son tres; es decir, no son compañía, sino multitud.
Pero no se trata simplemente de gente que va en direcciones distintas, sino que hay algo peor: se habla de conspiraciones internas, intenciones no solo de hacer fracasar al gobierno, sino de reemplazarlo por otro. Lo curioso es que, si se diera el cambio, no sería por otro partido, ni una corriente distinta, sino por alguien del propio MAS.
Si hay dudas sobre lo manifestado, recordemos lo que dijo el presidente Arce hace una semana…
El jefe de Estado denunció que “fuerzas antidemocráticas continúan con su labor para derrocar al Gobierno democráticamente elegido”. Si eso es verdad, es muy grave.
Tendría que ser verdad, porque la advertencia viene nada menos que de la primera autoridad política del país. Dada su condición y alta investidura, hay que presumir que se trata de una denuncia basada en pruebas. Un mandatario no puede ir de tarima en tarima lanzando acusaciones infundadas; y si el presidente Arce dice que hay conspiraciones para derrocarlo, es porque seguramente es así.
Derrocar a un gobierno es el acto delictivo más antidemocrático que se puede cometer en un país, y como tal tiene que ser investigado y severamente castigado una vez que se identifique a los responsables.
El Estado tiene sofisticados aparatos de inteligencia, los cuales se reportan al Ministerio de Gobierno, y de éste a la Presidencia del Estado boliviano. Si el presidente dice que lo quieren derrocar, él mismo tiene que conocer los detalles de quiénes intentan sacarlo del Gobierno. Es, por tanto, su obligación salir a explicarle al país quiénes están detrás de esos intentos golpistas, identificarlos, mandar a detenerlos y procesarlos. Eso sí, tendrá que hacerlo con pruebas, porque no basta con levantar el dedo acusador sin mayor respaldo.
Y dado que es una denuncia demasiado grave, cabe preguntarse de quién sospecha el presidente Luis Arce. ¿A qué “fuerzas antidemocráticas” se refirió el primer mandatario?
Hasta donde se puede saber por la información que circula en medios de comunicación, no se conoce de ningún intento de fuerza alguna por hacer caer a Luis Arce de su silla. Sin embargo, como nada se puede descartar, el país necesita de certidumbre y seguridad en su camino para avanzar a mejores días y para eso hay que identificar a los supuestos golpistas. No es posible mirar el futuro si tenemos las energías distraídas en combatir enemigos internos que quieren hacer daño.
Habrá que precisar, en esa tarea de identificación de los supuestos derrocadores, si se trata de fuerzas políticas de la oposición o de fuerzas del interior del propio MAS. Como se ha visto, y la interpelación a Del Castillo simplemente lo ha comprobado, el partido en función de gobierno está dividido, y no solo en dos fracciones.
Y no se trata de una división por cuestiones principistas o ideológicas. La división ha provocado que el MAS se enfrente al MAS, y también al MAS. La ambición de poder está provocando que el oficialismo se fagocite ante los ojos de la ciudadanía entera.



