Medio: El Potosí
Fecha de la publicación: sábado 14 de mayo de 2022
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Democracia interna y divergencias
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“Universidad” viene del latín “universitas” que quiere decir “el conjunto de todas las cosas”. En sentido amplio, significa “el conocimiento de todas las cosas” mientras que en sentido estricto viene a ser “el conocimiento por encima de sí mismo”; es decir, superior. Ahí surge el concepto de “casa de estudios superiores”.
Sobre esa base, la universidad es la casa, o la institución, donde se acumula el conocimiento, se lo discute, disecciona y, debidamente metodizado, se lo transmite a los estudiantes. Teóricamente, el universitario es aquel que está encima de su tema, es decir, el que está dominando su materia, el que se ha enseñoreado perfectamente de un conocimiento.
Esos son los cimientos teóricos sobre los que se constituyó la universidad, tiempo ha. A ella llegaba el conocimiento, y se lo debatía, para llegar a conclusiones. Debido a ello, muchas universidades fueron el crisol para el cambio de los tiempos. Claro ejemplo es el de la Universidad Mayor, Real y Pontificia San Francisco Xavier de Chuquisaca a donde llegaron los conocimientos del enciclopedismo, fueron debatidos hasta concluir que no había igualdad en el régimen virreinal. Eso dio lugar a los alzamientos que provocaron la Guerra de la Independencia y el posterior surgimiento de nuevos países.
Si el sistema universitario nacional hubiera seguido estas reglas básicas, nuestras universidades deberían de estar proporcionando, constantemente, propuestas de innovación y cambio y, paralelamente, dilucidando todo lo que está confuso en el pasado. Sin embargo, hace mucho que no cumplen esa función y se han convertido en meras repetidoras de lo previamente existente.
En otras palabras, la universidad boliviana se ha olvidado de investigar y es una simple extensora de documentos que sirven para que una persona desempeñe un cargo. Se les llama títulos, y están cada vez más devaluados.
Pero ni siquiera esa tarea se cumple eficazmente. En el marco de criterios de amplitud e inclusión, la universidad boliviana no fija tiempos de permanencia en condición de alumno y admite reinscripciones de estudiantes que llevan años repitiendo materias. Eso ha dado lugar al surgimiento de un peculiar tipo de estudiante, aquel que no aprueba materias y permanece indefinidamente en condición de alumno. Estas personas, que generalmente pasan de los 40 años, son conocidos como “dinosaurios”.
Max Mendoza Parra es uno de los dinosaurios más longevos. Tiene 52 años y sigue siendo estudiante universitario pues, según su registro, apenas ha vencido dos materias desde 1989, cuando se inscribió en la Universidad Mayor de San Simón. Lleva 33 años en la universidad y, durante todo ese tiempo, su formación (¿?) la paga el Estado boliviano. No solo eso… también percibe un sueldo del Comité Ejecutivo de la Universidad Boliviana (CEUB) que funciona con recursos fiscales. Eso quiere decir que ese sueldo se paga con nuestros impuestos.
¿Cuánto ha contribuido Mendoza durante más de 30 años? ¿Se conoce algún trabajo científico de su parte? ¿Alguna propuesta para un problema social en específico? ¡Nada! Este individuo es un parásito de la universidad boliviana que no ha tenido la entereza de reformar su normativa interna para que no se repitan casos como el de este tipo, que se ha acostumbrado a vivir de nosotros.
Culpables son las autoridades y dirigentes universitarios que permitieron que esta situación se extienda. Se han acostumbrado a ver gente envejecer en las universidades cuando lo ideal es que se formen y profesionalicen rápidamente, con investigación de por medio.
Por su liberalismo pernicioso, esas autoridades y dirigentes también son culpables de las muertes en Potosí y de que las universidades ahora sean casas de estudios inferiores.



