Medio: Correo del Sur
Fecha de la publicación: lunes 09 de mayo de 2022
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Otros
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Después de un breve paréntesis, Evo Morales volvió a hacer noticia al denunciar, esta vez, que una “autoridad de nuestro gobierno” planificó un ataque al trópico de Cochabamba, aunque no explicó de qué tipo.
Desde luego, son pocos los que le creen y llama la atención que haya medios que le den tanta cobertura, pese a que su credibilidad está en los niveles más bajos. Aparentemente, se usan sus declaraciones, generalmente incoherentes, para subir lecturas o niveles de audiencia.
El expresidente habló, como generalmente lo hace, en la radio Kausachun Coca, que es de propiedad de los cocaleros del Chapare y, más que un medio periodístico es un instrumento de propaganda de ese sector. Cuando él habla, y dicha radio emite señal de video por sus redes sociales, se pone el rótulo de “Evo es pueblo líder de los humildes” en el generador de caracteres.
Desde luego, y como todos sabemos, Morales puede ser cualquier cosa, menos humilde. De hecho, su soberbia es tal que no admite ninguna crítica. Cuando era presidente, las denuncias de la prensa tenían en él un efecto tal que reaccionaba, incluso, con violencia. Es paradigmático aquel episodio en el que, en una conferencia de prensa, hizo pasar al frente a un periodista del diario La Prensa para humillarlo como consecuencia de publicaciones de ese matutino. El periódico del que hablamos cerró sus puertas debido, en gran medida, a que se le cortó la publicidad gubernamental. Y, según apuntó una criminóloga desde México, el rasgo más notorio en Morales es, precisamente, la violencia. Se enoja rápidamente o, como diría la gente de a pie, “se altera” con facilidad. Cuando estaba en el poder, eso era peligroso porque podía actuar en contra de personas y grupos y causar mucho daño, como de hecho hizo, incluso en protestas de sectores vulnerables como el de las personas con capacidades diferentes.
Evo vive en un personalísimo mundo que gira en torno a él, en el que se debe hacer su voluntad y en el que el único que tiene la razón es él. Si ocurre algo que no le parece, lo descalifica y lo presenta como malo. Quien no está con él, está en contra de él, ahí, enfrente, donde se encuentran el “imperio”, la “derecha” y toda la parafernalia que suele montar como si hubiera una permanente conspiración en su contra.
Cuando era presidente, vivía denunciando conspiraciones para asesinarlo, pero jamás presentó una sola prueba consistente. Quizás por eso, cuando estallaron las protestas por el fraude electoral que motivaron su renuncia, temió que lo iban a matar y negoció su salida del país. Aquello no fue golpe, sino huida, pero, en el mundo de Evo, fue una infernal conspiración para bajarlo del poder. Por eso es que ahora ha desatado todas las fuerzas posibles en contra de quienes tuvieron que ver con aquellos hechos y se ceba en Jeanine Áñez, que fue quien cubrió la vacante que provocó su huida.
Como la mayoría de los bolivianos sabemos, el trópico de Cochabamba es la principal zona de producción de coca ilegal para el narcotráfico, cuando no la cocaína misma. Hace poco, unos jovencitos se filmaron pisando coca para la droga y se ufanaron de los bienes que habían comprado en poco tiempo por ser parte de ese sucio negocio; pero, para Evo Morales, el Chapare es “la síntesis de la pobreza de Bolivia”. La victimización es otro de sus sellos. Él se presenta ante el resto de la gente como alguien humilde al que la derecha quiere eliminar por el solo hecho de ser indio, por un racismo que él mismo no ha terminado de explicar después de tanto tiempo de ejercer el poder.
Esa forma unilateral de ver el mundo es la que ha desatado un régimen de odio en Bolivia.



