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Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: jueves 17 de febrero de 2022
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
Dirección Web: Visitar Sitio Web
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El 14 de febrero, dos enamorados se me acercaron en la calle y me sorprendieron al decirme que habían leído mi artículo anterior, titulado “El juicio final”, y me pidieron que les cuente cómo fue el fraude de Maragua.
Como me comprometí con ellos, publico un resumen de aquel episodio, ya histórico, y con él cierro mi segundo paréntesis en la serie “Bolivia y las mentiras”:
El fraude de Maragua fue la modificación de los resultados de la votación en ese remoto lugar del norte potosino, en las elecciones nacionales de 1997. En el lugar aparecieron más papeletas electorales que votantes y casi todas marcadas para el candidato del MIR a diputado uninominal, Édgar Lazcano. Se trataba de un curul, pero determinante a la hora de votar en un parlamento en el que prácticamente no existían mayorías. En ese entonces, un voto pesaba mucho.
El fraude fue ejecutado por los entonces tres senadores de Potosí: Gonzalo Valda, Édgar Lazo y Wilson Lora. Su ejecución fue tan burda que, como los dedos de las manos no les alcanzaron, para imprimir huellas digitales, también utilizaron los de sus pies.
El afectado por el fraude, Édgar Cueto, lo denunció, pero no le hicieron caso. Acudió a mí, que por entonces era corresponsal de Presencia en Potosí, y comencé una serie de publicaciones que prosiguió incluso cuando me fui a Sucre, a trabajar en Correo del Sur. El seguimiento se extendió a la fundación de El Potosí, en 2001, y consiguió, primero, que se revise los resultados electorales y se revierta la designación de Lazcano como diputado y, después, que la repulsa popular fuera tan grande que la sombra de Maragua acompañó a los senadores por el resto de su vida.
Gonzalo Valda era uno de los cardenales del MIR, pero el fraude motivó su rompimiento con su partido y luego fue candidato a diputado suplente por UCS. Para jurar a ese cargo, entró y salió por la puerta trasera del Parlamento y fue su última aparición pública. Después actuó tras bambalinas, pues llegó a ser asesor de Santos Ramírez, que cayó en desgracia, y de YPFB, con el caso Catler Uniservice.
Édgar Lazo se quedó en La Paz y murió por una caída, en un accidente doméstico. Wilson Lora, que vociferaba que la verdad saldría a la luz, murió de Covid y poco después le siguió Valda, con la misma enfermedad. Lazcano, que incluso purgó cárcel, falleció luego de haber recuperado su libertad.
En Potosí casi no se habló de sus muertes, pero sí se recordó sus culpas en el fraude de Maragua. Fue el caso que mayor tiempo de cobertura me llevó —nunca llevé la cuenta de los años—, pero que me demostró que el periodismo puede conseguir la justicia que no ejercen los tribunales.
Este año nos tocó presenciar el surgimiento de otro caso de corrupción, el de las 41 ambulancias, que es uno de los contratos sospechosos que firmó la Gobernación de Potosí. En este, apenas estamos comenzando.
El autor es Premio Nacional en Historia del Periodismo



