Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: martes 18 de enero de 2022
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Ejecutivo
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La imagen muestra una obra ganadora de la Bienal Internacional de Arte en Santa Cruz, Sin título, de los artistas Alfredo Román y Raquel Schwartz, perteneciente a la colección del Museo de Arte Contemporáneo (SC), y que actualmente se exhibe en una de sus salas. Esta réplica de gran tamaño (320x150x120 cm) está compuesta de madera, metal y cuero sintético. Para los afectos al arte contemporáneo en Bolivia se trata de una obra archiconocida, mientras que para el público en general se constituye en una de las que más impacto produce apenas es percibida.
El artista Alfredo Román comenta que la idea de esta obra surgió reflexionando durante los hechos conflictivos que vivió Bolivia en el octubre del 2003, cuando el presidente Sánchez de Lozada fugó de La Paz en un helicóptero, sumado a los sucesos que forzaron al sucesor Carlos Mesa a dimitir del cargo el 2005, dejando nuevamente desprovista la silla presidencial de un usuario estable.
En el vacío de poder, la silla presidencial podría imaginarse como propia de un mundo de gigantes. Este vacío volvimos a vivirlo los bolivianos el domingo 10 de noviembre del 2019 cuando el entonces presidente Morales y el vice García Linera renunciaron a sus cargos, agazapados en la clandestinidad.
Parecía imposible a fines del 2019 que Morales perdiera la silla en las elecciones de turno. Puesto en fila para competir, la república del MAS se sentía que apostaba a caballo ganador. En ese momento la réplica de la silla presidencial de Román y Schwartz podía leerse como retrato de la actualidad de Morales y su entorno, enceguecido por el sobredimensionamiento del poder: habían perdido noción de los límites y las escalas.
¿Cómo podrían perder si el partido de gobierno tenía cooptado al Órgano Electoral y al Poder Judicial, gozaba de 2/3 de mayoría en el parlamento, utilizaba recursos del Estado para financiar su campaña electoral, y tenía 14 años de vigencia en el poder, los que le habían permitido asentarse y expandir su dominio? Además, con escasa fuerza de la oposición.
El resultado lo conocemos. Después del fraude electoral -sentenciado así por la OEA- y del levantamiento ciudadano, Jeanine Añez fue la única en la cadena de sucesión que no le hizo el quite a la situación. Aunque durante su gobierno de transición otra vez se reveló la naturaleza utópica de la silla presidencial: ¡qué complicado en este país dar la talla para esta silla! No obstante, quedó el hecho de que una mujer beniana que se encontró de frente con la olla quemando fue quien se ajustó el cinto. Fue una luz al final del túnel, aunque no supiéramos si esa luz era otro tren que venía de frente a chocarnos.
Hoy en día la silla presidencial se ha revelado como un objeto de museo. Asumirla es parte del reino de la fantasía en Bolivia. El MAS (una urdimbre chipada e inconexa en sí misma) ya parece haber decidido que es imposible gobernar este país vía consensos, justicia y necesidad, en lugar de ello abraza la contingencia; sin justicia ni verdad absoluta, lo que ejerce es la voluntad de poder. La enorme dispersión y fragmentación que afectan al país se suturan por medio de la hegemonía política.
Pero eso sí, siempre tienen un relato, construyen historias e inventan unos personajes, para afectar a los ciudadanos en el imaginario colectivo. Por ejemplo el golpe de Estado, pero interpelando al lado más emocional, los muertos, otra vez el Alto como núcleo -igual que en el 2003- con los caídos en Senkata, y de Sacaba en Cochabamba. Un personaje antipático: Jeanine Añez, el eslabón más débil en la cadena.
¿Cómo puede un gobierno ser tan cruel y avasallante contra un solo individuo, una expresidenta, cuando el infame Sánchez de Lozada pasea libre por Estados Unidos? ¿Y la vergüenza del general Hugo Bánzer, que fue elegido presidente de la república cuando décadas atrás había sometido al país a dictadura?
El 2019, Evo Morales no pudo mirar de frente al entonces líder del levantamiento cívico-ciudadano, Luis Fernando Camacho, quien viajaba a llevarle su carta de renuncia. Morales dejó la imagen de un gato espantado por el agua helada al no tener la entereza moral de recibir a quien públicamente había anunciado desafiarlo, tan solo un presidente de un Comité Cívico.
¿Por qué tanto miedo? Sin embargo, con quien sí se metieron fue con la mujer de la ecuación, Jeanine Añez quien, sin pretender inocencia, está pagando los platos rotos a cuenta de muchos, sola y traicionada.
Desde la cárcel, encerrada “preventivamente” hace meses, Añez respondió a una entrevista publicada por Página Siete el pasado domingo. Leerla nos devuelve a aquellos días de incertidumbre y pánico, principalmente en La Paz -10, 11 y 12 de noviembre del 2019-, cuando grandes masas de gente enardecida, desde El Alto, se movilizaron al grito de: “¡Ahora sí, guerra civil!”. Los buses Puma Katari rostizados como testigos silentes de aquella agresión movilizada a las casas y bienes públicos. La policía reducida e insuficiente. Recordamos la manera desesperada en que la recién posicionada Añez llamaba, instruía, rogaba a las FFAA para que salieran a recuperar el control de las calles.
¿Quiénes enardecieron a las masas del Alto y financiaron aquella revuelta armada? ¿Quiénes pagaron a los mercenarios provistos de mejores armas que el ejército nacional? La investigación de aquellos hechos ni siquiera está en el tapete. Pero no se olvide que los incitadores fueron también directos responsables por las pérdidas humanas.
En la actualidad la silla presidencial de Bolivia, símbolo del máximo poder dentro de un país, continua vacía, colocada dentro de una sala donde se escuchan los ecos de la voz prisionera de una expresidenta, y donde el actual presidente Luis Arce no se siente titular, acomplejado por la presencia de un fantasma del pasado que se difumina en ese espacio, como un puñal incorpóreo que amenaza con estocarlo desde un ángulo imprevisto en el momento menos pensado.
Jorge Luna Ortuño / Licenciado en filosofía e investigador en artes



