Medio: El Deber
Fecha de la publicación: viernes 19 de noviembre de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Ejecutivo
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Cuando la mentira se convierte en un recurso de gestión estatal hay
momentos, de tanto reproducirla, en que pareciera que es verdad.
El tema viene al caso al observar el comportamiento de la dirigencia
masista frente a la presión para derogar la Ley 1386. Si hasta el caudillo del
MAS y expresidente fugado aconsejó derogarla después de la movilización social
que provocó su promulgación, las autoridades de gobierno y la dirigencia del
MAS pudieron haberse dado cuenta de que nuevamente se les presentó la
oportunidad de recuperar valores democráticos y abrir espacios de dialogo que,
por un lado, permitan enfrentar adecuadamente la aguda crisis que el país vive
y, por el otro, recuperar legitimidad.
Lamentablemente, una vez más comprendieron mal el mensaje de la
sociedad, como se comprueba en la exposición de motivos para derogar la norma
que contiene una sarta de mentiras que incluso les afecta para evitar el
reconocimiento de errores, sino que cual adolescentes pícaros decidieron
aprobar en la Asamblea Legislativa otras normas también resistidas por la
gente, luego de haber movilizado a sus huestes radicales y violentas, y lanzar
en tono de amenaza aquello de que “cuidado con que resucite el Inca”.
Es decir, las autoridades de gobierno y el MAS no logran calibrar el
humor de la ciudadanía, sino que creen a pies juntillas las mentiras que ellos
mismos crean.
Esta actitud no es exhibida solo por los militantes del socialismo del
Siglo XXI bolivianos. El caso argentino, si cabe, es más patético. Como era
previsible, el oficialismo perdió contundentemente en las elecciones
legislativas de medio término y pese a ello, su presidente, el inefable Alberto
Fernández, convocó a sus huestes a “festejar la victoria” y una de sus
principales candidatas, que salió segunda en el principal bastión kirchnerista,
muy suelta de cuerpo declaró que hay quienes ganan perdiendo (ellos) y otros
pierden ganando (la oposición).
Ni qué decir de los Maduro, Díaz-Canel, Ortega, que están seguros, al
sentirse ungidos, que la realidad es lo que ellos creen que es y de esa manera
conducen a sus pueblos a situaciones de miseria y violencia intolerables.
Al margen del daño que actitudes de esa naturaleza hacen a la sociedad
en su conjunto, donde crece la desconfianza en todos y en todo, también se
pierden los ideales en la construcción de sociedades modernas, inclusivas,
deliberativas y se conceptúa el poder como el simple goce de quienes lo asumen,
que además aprovechan esa desconfianza para impedir que la sociedad pueda
organizarse en función a sus intereses.
De una u otra manera, esa mano negra autoritaria se siente también en
los espacios de la sociedad. En el caso de la movilización en contra de la Ley
1386, una vez esta fue abrogada, el Comité Cívico pro Santa Cruz levantó el
paro indefinido, en contra de la posición de grupos radicalizados que querían
mantenerlo, lo que podría provocar situaciones de violencia. Seguramente en
esas circunstancias el presidente de la institución cívica, Rómulo Calvo,
recordando al exgobernador Rubén Costas que, cuando el MAS logró cercar Santa
Cruz en 2009, asumió una actitud responsable que evitó una confrontación violenta.
Una vez más se aprende que por encima de toda demanda que se persiga
para construir una sociedad mejor está garantizar la vida de la gente, lección
que siempre hay que recuperar en la difícil conducción de movilizaciones
sociales.
Además, la historia nos muestra que pese a las mentiras, que a veces
tienen patas largas, es mediante el uso de los recursos de la democracia y el
compromiso solidario que será posible recuperar valores de pacífica convivencia
para encarar el desarrollo inclusivo. Así nos demuestran la actitud de los
pueblos originarios de las tierras bajas, el referendo de 2016, el rechazo al
fraude de 2019, las elecciones de 2020 y 2021.



