Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: martes 16 de noviembre de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Ejecutivo
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El vicepresidente Choquehuanca en un discurso público dijo que “todo
tiene un límite, que no despierten la ira del inca. Cuando el ‘pueblo’ se
levanta, no hay quien nos pare y nosotros vamos a levantarnos para defender la
democracia, para defender nuestros recursos naturales…, seremos fieles a
nuestro proceso de cambio y para eso tenemos que despertar…, utilizaremos todos
los recursos para hacer respetar la democracia”.
Más allá de todas las confusiones que puede generar el término
“pueblo”, queda claro que quien lo utiliza tiene una idea definida de quiénes
hacen parte del “pueblo” y quiénes no pueden incluirse en él, y, además, qué
entiende cada cual por democracia. Cuando Choquehuanca arengaba a sus leales y
les decía “nosotros vamos a defender la democracia”, de hecho, decía lo mismo
que argumentaban “los otros”. Ambos resultan defensores de lo mismo que los
enfrenta; la democracia.
La diferencia reside en que el origen de las percepciones en ambos
grupos es diferente. El concepto de “pueblo” y de democracia utilizado por el
MAS proviene del “campo popular”. Este concepto, hasta no hace mucho, evocaba
al “pueblo” compuesto por los estratos menos aventajados de la sociedad
boliviana. Los pobres, los desvalidos y los olvidados de siempre entre los que
se identificaban en primera línea los campesinos e indígenas, de ahí que el
“pueblo” del MAS es fundamentalmente indígena.
El concepto que maneja la oposición se nutre en cambio del “campo
ciudadano” localizado básicamente en áreas urbanas. Lo componen también un
amplio contingente de pobres y clases medias empobrecidas, la nueva burguesía
nacional y otros segmentos sociales que no se distinguen por un marcador étnico
o racial. El resultado de estas diferencias deriva en que las pugnas por el
poder, la defensa de preceptos constitucionales, los derechos humanos y los
derechos ciudadanos son comprendidos de manera diferente por cada uno de los
protagonistas.
Lo que ha puesto en evidencia el actual conflicto a propósito de la Ley
1368 y otras disposiciones de corte totalitario, no sólo expresa las
divergencias ideológicas entre el “nosotros” del MAS y los “otros” de la
sociedad urbana y mestiza expresada por la actual oposición, pone en discusión
dos imágenes de sociedad; una centrada en conceptos fuertemente marcados
por esquemas que apelan a los criterios de raza y etnia, porque es allí
donde radica la fuerza de un discurso a favor de los pobres, y otro que se
nutre de las percepciones de las clases medias mestizo-criollas urbanas, porque
es allí donde radica la fuerza de un discurso de corte democrático y liberal.
El conflicto va mucho más allá de los contenidos jurídicos y de las
disposiciones que el gobierno pretende aprobar. Trasciende los argumentos
meramente jurídicos y plantea dos modelos de Estado y sociedad abismalmente
diferentes; uno de corte socialista (bajo los cánones de un socialismo
racializado) y otro de corte democrático y liberal (bajo los cánones del
capitalismo globalmente victorioso).
Para los ideólogos del MAS, enfrentar el mundo rural y el mundo urbano
es garantía de un éxito seguro basado en la certeza de que numéricamente son
más. La realidad muestra que no son más, son un poquito más de la mitad, a lo
que se añade que estos conflictos no se resuelven basados en la aritmética
demográfica, se resuelven en la esfera de la conciencia democrática de la
sociedad y hoy lo que vemos en las calles, tanto como lo que vimos en la crisis
de 2019, es que más allá de las proporciones demográficas y las tipologías
étnicas, la conciencia democrática de rurales y urbanos es un frente muy
difícil de vencer. Bueno sería que el gobierno de Morales-Arce no se equivoque,
porque errores de apreciación de este tipo suelen producir guerras civiles y,
por lo que vemos ahora, ya nadie le teme a un enfrentamiento de esas
magnitudes.



