Medio: El Diario
Fecha de la publicación: domingo 14 de noviembre de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Ejecutivo
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Nos referimos ahora a aquello de “gobernar obedeciendo al pueblo”. Esta es una frase que le suena bonita a la masa popular, pero que no resiste una elemental reflexión. Si bien una antigua máxima reza: “la voz del pueblo es la voz de Dios”. La verdad es que el pueblo se equivoca con mucha frecuencia. Muchas veces la multitud exigió guerra y ésta ocasionó grandes desastres. Por ejemplo, tenemos la Guerra del Chaco o la clamada y osada ofensiva de Alemania contra el resto de Europa. Lo que al pueblo le parece conveniente en un momento determinado, puede carecer de posibilidades de sostenimiento. Y por lo general, impostando la voz del pueblo, un grupo exige algo engañoso velando por sus intereses egoístas. La promesa de gobernar escuchando al pueblo no pasa de ser un arresto demagógico como muchos otros inviables.
Si Luis Arce sigue la misma receta, por qué no consensuó con los diversos sectores sociales antes de sus recientes leyes encubiertas, en el fondo destinadas a remachar el absolutismo y gravar la economía y el patrimonio de los ciudadanos. Convenimos que en estos casos de interés colectivo surja la protesta para ser escuchada.
Otra inquietud es si el jefe del Estado debe ser también jefe del partido. Algunos comentaristas copiando ciertos modelos comunicacionales del exterior y arrogándose modernismo, opinan que el poder del presidente se minimiza si no maneja ambos cetros. Con una mirada totalitaria, corta de vista, no distinguen que una cosa es el Estado y otra el partido. No comprenden que no se puede montar dos potros a la vez, porque se atenderá más a uno que a otro; siempre el perjudicado será el pueblo. Es cierto que si bien el presidente Arce se encuentra casi fuera de la órbita del partido, sin embargo, termina obediente al “poder detrás del trono”. Todos sabemos de quién se trata.
La dualidad gobierno-partido significa favorecer sobre todo al segundo. La experiencia de tal ambivalencia, le valió al país todo el costo del servicio al partido sobre todo y, paralelamente, al “pacto de unidad” y a las siete federaciones de cocaleros del Chapare. Los comentaristas en cuestión restaron importancia a la decisión honrosa de alejarse de la jefatura política asumida por algunos anteriores presidentes. Por todo esto, la Constitución Política del Estado debe incorporar una prohibición expresa para que los primeros mandatarios no puedan ejercer simultáneamente la jefatura del Estado y del partido. Su omisión acarrea enormes desajustes políticos.
Los controvertidos comentaristas descalifican la falta de poder de Luis Arce por carecer de las riendas del MAS y quedar subalternizado frente al jefe del partido. Este epifenómeno se graduará conforme a la personalidad de quien maneje de la nave del Estado. Profundizando su error, alaban y aplauden como bien hecha la ambivalencia partido-gobierno de Evo Morales. Siendo unipartidista la doctrina y la práctica del MAS, deja traslucir a cabalidad sus verdaderas inclinaciones, pues, se enmarcan en el principio fascista del “todo dentro del partido, nada fuera de él”. Esto no es otra cosa que el paradigma totalitario.
La naturaleza absorbente y exclusivista del partido de Morales –seguida a pie juntillas por el actual gobierno– no permite pensar otras formas de administración del Estado. Por ello es posible que sobrevenga en algún momento la dualidad en manos del condotiero partidista. En cambio, si como sucede en la totalidad del mundo democrático, el poder es la sinergia de una entente gobernante, el Legislativo y el Ejecutivo se componen variamente por representantes de las fuerzas asociadas, donde también caben las tendencias de los propios partidos.
Dicho modelo supone una diversidad de pensamiento y de programas afines entre sí. Asimismo, manifiesta en esencia una vasta cultura política cultivada por las naciones europeas, que no deja de tener lugar en países de nuestra América. La diferencia es que en nuestro medio se toma la política y el partido como fuente distributiva de cargos públicos, de prebendas y de clientelismo. Debido a su déficit cultural, Bolivia ha sido y es caudillista. El grueso pueblo cree y venera al caudillo, mientras pueda obtener algo de éste. Carece, pues, de convicciones, pensamiento y actitudes propias.



