Medio: El País
Fecha de la publicación: miércoles 10 de noviembre de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
Dirección Web: Visitar Sitio Web
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Se cumplen dos años de la renuncia de Evo Morales a la presidencia del país, uno de los episodios más tórridos y oscuros de la historia reciente boliviana y que esconde todavía demasiados capítulos que, de seguro, no saldrán a la luz en el corto plazo porque ni a unos ni a otros les interesa esclarecer lo que realmente sucedió en aquellos días, sea cosa que afecte al relato.
Para el Movimiento Al Socialismo se trata de un “golpe” en toda regla, aunque basta con volver a escuchar la grabación del mensaje de renuncia de Evo Morales de aquel día para evidenciar las debilidades de este argumento, que ha ido tomando fuerza después.
La oposición lo que dice es que fue “fraude”, que en realidad no es un antónimo de golpe, porque perfectamente pudo haber fraude y golpe, más cuando se recuerda que semanas antes ya se había adelantado la “desobediencia civil” a los resultados fueran los que fueran argumentando que el golpe, efectivamente, lo había dado Evo Morales a través del Tribunal Constitucional y el Electoral habilitando su candidatura contra el texto constitucional y los resultados de un referéndum en un movimiento político sin sentido alguno.
Ceñirse solo a los hechos del 10 de noviembre es repasar una seguidilla de despropósitos que como todo lo sucedido en las tres semanas precedentes, parecía imposible hacerlo mejor de haberlo hecho planificado.
La Policía estaba amotinada desde hacía tres días; Luis Fernando Camacho estaba en La Paz, Evo Morales había llamado al diálogo al mediodía del sábado y las organizaciones afines al MAS seguían sin salir a la calle.
De madrugada la violencia se apoderó de Potosí, que celebraba la víspera de su efeméride de liberación en medio de un paro casi infinito. La violencia se desbordó aquella noche incluyendo el secuestro del hermano del presidente de diputados Víctor Borda.
Y en medio de esta situación, el secretario General de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, cuya misión es salvaguardar la paz y la estabilidad del continente, colgó en sus redes sociales el informe preliminar de la auditoría de los comicios donde describía grosso modo algunas incoherencias. Obviamente todo estalló.
Morales compareció ya a media mañana para decir que se anularían las elecciones y se convocarían de nuevo ya sin él como candidato, pero no bastó. Pronto corrieron los rumores de un minero muerto en la caravana que llegaba desde el sur mientras los militares brindaban total respaldo a Camacho y sus movimientos.
En la Central Obrera cundió el pánico y su dirigente sugirió la renuncia y lo propio hizo poco después el mismísimo Comandante General Williams Kalimán, hasta ese mismo momento considerado íntimo de Morales.
Lo que parecía imposible solo dos semanas antes sucedió. Evo Morales, el presidente del Gobierno más poderoso de toda Sudamérica del siglo XXI acababa renunciando y huyendo por la puerta de atrás hacia México. Demasiada dosis para cualquiera, menos para Bolivia, acostumbrada a tantas.
Han pasado dos años y siguen quedando secretos y detalles por develar, decisiones que se tomaron al calor del momento que acabaron por configurar una jornada histórica – coincidiendo con la efeméride potosina - que se recordará por años. En Bolivia no se puede decir que no volverá a suceder. Mientras tanto, convendría que todos hagan autocrítica.



