Medio: El Deber
Fecha de la publicación: jueves 11 de noviembre de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Ejecutivo
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Si el Gobierno de Luis Arce cree que ignorando, ninguneando o reprimiendo la
protesta de Santa Cruz, y ahora también Potosí, va a superar la crisis más
grave de su gestión, es que no entiende de política ni aprende de la historia
reciente de un país que ha dado señales suficientes para saber que aquí un
conflicto tiene una trayectoria circular, en espiral, de adentro hacia afuera:
día que pasa, la tensión y la violencia se hacen más grandes.
Tres días después de
una paralización prácticamente total en Santa Cruz, en la ciudad todos comparan
estas jornadas con los históricos 21 días de 2019: son las mismas “pititas”,
los mismos vecinos, las mismas ollas comunes, las mismas rotondas, el mismo
protocolo de bajar de la bicicleta y pasar caminando el punto de bloqueo, la
misma pausa de reabastecimiento, y esta vez un prematuro cansancio con un
Gobierno que en poco tiempo ha cruzado la línea del desencanto y la
desconfianza.
¿Qué está esperando
el Gobierno para dar una respuesta a las demandas por ahora contadas de los
sectores movilizados? Si Luis Arce necesitaba una cuerda de donde sujetarse
para comenzar a atender los reclamos y contribuir a la normalización del país,
esa cuerda se la han extendido los alcaldes de Santa Cruz y Tarija con sendas
cartas que piden diálogo, y ayer también la Iglesia católica que se ofreció
para facilitar el entendimiento.
Aún es tiempo para
detener el avance del fuego antes de que el incendio se torne incontrolable;
aún es tiempo de frenar la represión policial y la actuación de elementos
paramilitares armados y encapuchados que operan con protección de la Policía
Nacional y ocupando vehículos que están bajo el control del Ministerio de
Gobierno.
Enviar a enfrentar a
bolivianos contra bolivianos es una estrategia importada de la Venezuela de
Hugo Chávez y Nicolás Maduro, que es precisamente lo que no quieren los
bolivianos. De hecho, si por una razón la ley 1386 y otras se rechazan es
porque se teme que conducirán a Bolivia al camino de ese país y de Nicaragua,
ambos aliados de Luis Arce.
No tiene el Gobierno
que esperar más muertos. Ya hay uno, y los muertos no son de uno o de otro
bando, son bolivianos por igual que enlutan al país. Los fallecidos no son
trofeos, y no debieran utilizarse para “armar casos” ni cacería de brujas con
motivación política. Un muerto es el fracaso de la política; es el lenguaje de
la violencia. Si hay un muerto es porque prevaleció el enfrentamiento y no el
diálogo, que es de lo que tendría que ocuparse la política.
Tampoco la represión
y el abuso policial es la vía. Un policía que a un metro de distancia rocía gas
en el rostro de una mujer indefensa que está de rodillas es un policía cobarde
que no merece haber nacido del vientre de otra mujer. Policías armados hasta
los dientes encañonando a niños o jóvenes en bicicleta son igual de cobardes
que el primero; es la derrota del Estado de derecho, es la prevalencia del
autoritarismo; es el anuncio de la llegada del terrorismo de Estado.
El presidente Luis
Arce, el vicepresidente David Choquehuanca, los ministros Eduardo del Castillo
e Iván Lima o quienes los dirijan a control remoto o esconden otras intenciones
o ignoran que la represión policial solo enardece los ánimos de los que
protestan y si algo consiguen es alentar a continuar y sumar más simpatizantes
al paro o el bloqueo con más fuerza que antes.
Así comienzan las
grandes tragedias humanas. Que alguien le diga al presidente que se detenga,
que ese no es el camino, que escuche los llamados al diálogo, que escuche al
pueblo. Él es presidente incluso de los bolivianos que hoy están en paro y en
bloqueos, y es su obligación escucharles.



